Crítica de ...
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Carlos Contramaestre

La vocación universal de Bellorín
Sergio Antillano


  Bellorín no es sólo un artista excepcionalmente dotado, sino igualmente un creador culto que ha seguido con singular destreza el desarrollo histórico de la pintura y conoce cuántas evoluciones han experimentado los estilos de la expresión. Esta especial oportunidad que nos proporciona la exposición antológica del artista en el "Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez", ofrece al observador la posibilidad de comprobar, a lo largo de tan extenso periplo, las particularidades, enriquecimientos, modificaciones, sutiles cambios y acopio de sabiduría de uno de los más finos artistas venezolanos de hoy. Cerciorarse, por ejemplo, cómo a través de un poco más de tres décadas febriles dedicadas a la creación, permanece fiel a su condición de pintor clásico, conservando principios como el cerramiento de las formas en líneas, aunque a veces su modelado es tan suave, que logra superar el efecto plástico. Sobresale entre sus virtudes la de un dibujante magistral. Se inclina a ver en siluetas. Generalmente, táctil, raramente abandona la orientación a la naturaleza, pero siempre es flexible, libre, fluido, sin que deje de sorprendernos la presencia de diseños sin líneas, sustituidas por valores yuxtapuestos.


Si hay en Bellorín un valor especial es el color. Ya en obras de los años setenta y ochenta es visible su determinación a otorgar al color papel protagónico. Tendencia que va a llevarlo en plena madurez artística, a liberar los tonos en juegos rítmicos inusuales que, aparte de alcanzar mayor intensidad lumínica, otorgan al conjunto total esplendor cromático, donde innumerables pinceladas cortas parecieran evocar la ejundia y dinamismo de la gran música contemporánea.


Observaciones semejantes en cuanto al desarrollo técnico-espiritual del artista y su deuda clásica, pueden hacerse en lo relativo a la unidad en sus obras, Bellorín la alcanza haciendo que las partes del cuadro actúen en forma independiente, como órganos libres, ese es su método principal, porque en muchos casos puede apreciarse que refuerza el poder del color o de los tonos, "a la vista del espectador", como pedía Wolfflin, mediante el uso en las sombras de complementarios. De cómo el clásico buscó en el arsenal del barroco un recurso noble, es asunto que este joven maestro, quien fue avanzando a la par de los creadores múltiples del siglo, relata en esta exposición. Cómo desarrolló su fuerza analítica, hasta apropiarse de procedimientos legítimos que le permitirán evolucionar y derivar de lo tectónico a lo atectónico, de un estilo lineal a uno pictórico, con el uso de una amplia técnica de síntesis proporcionada por los diversos movimientos artísticos que agitan las artes visuales.


José Francisco Bellorín concluye su formación académica en la escuela Cristóbal Rojas de Caracas a fines de los años cincuenta, precisamente los de mayor agitación conceptual hasta hoy, en la historia de la pintura venezolana. Fue en los cincuenta cuando las generaciones del Taller Libre del Arte y los Disidentes conmovieron al mundo intelectual venezolano con sus premisas novedosas sobre el arte. Década durante la cual se expusieron por primera vez colectivas de obras abstractas. Años del cinetismo y las primeras exposiciones de Jesús Soto y de los coloritmos de Alejandro Otero. Días de renovación en las ideas del arte tradicional venezolano. También de la muerte y revalorización nacional de Armando Reverón.


Acontecimientos que tenían que tocar la sensibilidad de los jóvenes estudiantes del plantel que dirigía Francisco Narváez. Cuando comienzan los sesenta, el flamante graduado recorre los museos de París y se instala en Roma, donde comienza a pintar con decisión. De pronto, viaja a Bélgica donde estudia técnicas gráficas a fondo. Se mueve como un péndulo y se escapa al norte de África. En Marruecos, le conmueven las artesanías. Tiempo para reflexionar. El arte ha despertado del sueño abstracto-concreto. Hizo falta una segunda guerra mundial. Los artistas perseguidos por el nazismo se refugiaron en Francia y allí brotó el cambio. Los creadores de los cuarenta retornaron a la naturaleza. Primero la abstracción lírica y enseguida el arte bruto. La aparición de las formas nuevas. Para Hartung el mundo es una raya. Para Debuffet embriaguez, azar, demencia. La pintura de acción cubre el orbe. Reina el gesto automático, cuando se cuela el Op-Art y con éste las artes del movimiento, en plena competencia con el informalismo. La pintura abstracta se ha integrado a la emoción, a la naturaleza interior. Es el momento escogido por el hombre de Caripito para hacer su aparición en París. Todo está patas arriba. Hay que serenarse.


Los museos y las galerías, hasta el tope de obras maestras. El arte antiguo, el moderno, el de hoy. Tranquilo, el venezolano trabaja. Picasso está en el fondo. La época azul. La revisión del cubismo. Otros han descubierto en el cubismo una posibilidad decorativa. Algo le atrae constantemente de la pintura metafísica. En Roma, la cercanía de Carrá y de Chirico. Le sacude Chagal. Todos preceden al surrealismo. Al explorar, descubre que prefiere la figuración simbólica. Max Ernst tiene mucho que decir. El criollo se bate en profundo. Ha ido a Europa a comprender y eso hace. En la feroz lucha que se entabla, no puede evitar verse atacado a dentelladas. Reencuentra a Klee, a Kandinsky, se multiplican las telas manchadas. El surrealismo soporta sentidos nuevos. El encuentro con Magritte es todo un acontecimiento que perdura.


En 1965, de regreso. Le espera un nombramiento de profesor para Maracaibo. Aquí está su destino. El amor. La pasión de multiplicar sus ideas en alumnos. En la escuela "Julio Arraga" descubrió a Filiberto Cuevas. Presta impulso a la gente de "La Mandrágora". Maestro de Laura, de Luz Marina, de Aguirre... Los titiriteros, los mismos, Blás Perozo. Una marioneta se diseña así y así se le da vida. Allí se encuentran, para hacer sus primeras exposiciones, José Ramón Sánchez y Hernán Alvarado. También Diego Barboza comparte el grupo. "El Negro" como lo llama Mery, se incorpora a la Universidad del Zulia y funda los talleres de artes gráficas. Maestro y líder dondequiera que se encuentre, anima con sus afiches excepcionales y sus diseños de libros y revistas y cuanta actividad de extensión impulsa luz. Escenografías, vestuarios para el teatro y la extensión de danza. La ciudad disfruta del estilo Bellorín, quién mientras tanto funda con Mery una familia de hijos artistas y profesionales. Su vocación viajera no lo abandona y con ellos se va a Europa y México. Junto a Lía Bermúdez ejerce la cátedra de comunicación gráfica de la Escuela de Periodismo, y ahora mismo, los días lo encuentran organizando la Facultad Experimental del Arte de Luz.


Lo más significativo que puede pensarse de Bellorín, no es otra cosa que el hecho de encarnar el prototipo del artista latinoamericano, que siendo como es, arraigado absolutamente a este continente, a su tierra, es de una manera natural, universal. Creadores de amplia mentalidad, conscientes de haber obtenido su equipamiento en la cultura europea, haciéndola cosa propia, sin sentimiento degradante alguno. Porque, como señalara Alfonso Reyes, practicamos a Europa desde la escuela primaria. Y en eso los aventajamos, ciertamente, advertidos como estamos de que, si por ahora nos corresponden funciones de síntesis, permanecemos alertas a nuestro destino: realizar la utopía. El éxito de nuestra narrativa novelesca, fue un buen ejemplo. ¡Y pintores como Bellorín, otro!