Crítica de ...
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Carlos Contramaestre

Desde el callejón San Benito
José Antonio Castro


  Mi primer encuentro con Bellorín se remonta hace ya muchísimos años, por el entonces famoso callejón de San Benito de Maracaibo, donde fuimos vecinos y después, a partir de aquel entonces, amigos durante toda la vida. En aquellos días, Bellorín era un joven delgado e inquieto, lleno de una energía vital que no lo ha abandonado todavía y que impulsa su permanente trabajo de pintor, la búsqueda constante de su expresión como artista. Y el callejón de San Benito era una especie de "callejón de almas perdidas". Allí supuesto llevaban una carga emocional muy fuerte: músicos y biógrafos solitarios, pintores en busca de caminos, feministas sosegadas, poetas llenos de angustias, prostitutas, gente de teatro. Todos eran jóvenes que estaban caminando vida adentro, luchando, soñando y esperando la oportunidad para tomar por asalto a la ciudad dormida y plagada de tantos convencionalismos sociales y artísticos.


Allí, en una casita del callejón, Bellorín trabaja sin descanso. Ya había realizado una primera muestra de su trabajo y de esa ocasión guardó una obra suya, la pintura de un arbusto lleno de espinas. Un puro y simple. Un poco después comienza a pintar la serie de los vegetales, grandes, de colores intensos y con un sentido simbólico que a veces se manifiesta abiertamente pues remite al sexo femenino, a un erotismo contenido por la amenaza que percibe en lo sexual. Muchos años después, la obra de Georgia O'Keeffe en la retrospectiva realizada en Chicago y admiré aquellas enormes, bellas y sugerentes flores, que a veces insinuaban a la anatomía más íntima de la mujer, su sexo, me acordé de la pintura del joven Bellorín del callejón San Benito. Allí, en su humilde taller, un joven y talentoso pintor establecía, sin proponérselo, una comunicación de intimidad artística con una mujer que está alejada en tiempo y espacio, y que para entonces no era tan conocida. Al mover el suiche para encender la luz, en lugar de encender la luz, inauguró con ese acto una catarata en el Ontario, como diría el poeta Lezama. Bellorín por su parte pinta unos grandes y coloridos vegetales en su tela, y en ese acto establece una comunicación espiritual, íntima, con una mujer norteamericana que pinta unas grandes y coloridas flores en sus telas. Esa mujer siguió su vida y fue fiel a sus colores. Siempre aparecerán las flores en la pintura de Georgia O'Keeffe. Hasta su muerte. En cambio, Bellorín, hace de lo combinante el fundamento de su estética. Nadie se baña dos veces en el mismo río; y mucho menos Bellorín, que no está quieto en un mismo tema ni en un mismo estilo. Su objetivo artístico en una búsqueda permanente que está casi marcada por la angustia. Del realismo pasa al surrealismo, a cierta pintura metafísica, finalmente al abstraccionismo, y hasta hay unos cuadros donde puede observarse la técnica del "action painting".


Dotado de una gran imaginación, de un gran talento para el dibujo, para la pintura realista, Bellorín se nos aleja cada vez más de esa pintura. Durante algunos años hizo cuadros con elementos que reproducían la composición de un sueño. Pero no eran sueños suyos, ni realmente sueños, sino la invención de un sueño, la manera cómo el pintor ha visto tradicionalmente lo que constituye, objetivamente, un sueño. Muchos son los cuadros de Bellorín con este tratamiento y, por supuesto, llega a dominarlo de tal manera que puede reproducir "sueños" para un tema dado. Así sucedió cuando trabajamos juntos en un poemario, "La bárbara memoria", y él trataba de representar al amor, que es motivo de los poemas. Dibujaba unas piernas suspendidas en el aire, una manzana, un corazón, en una relación distendida para crear la sensación de ingravidez que percibimos en los sueños.


Y esto que señalamos en Bellorín, igual podríamos decirlo de Dalí o de Magritte, donde los sueños son códigos que deben ser decodificados para poder llevarlos a la tela y allí ordenarlos, colocarlos en una secuencia y en un sentido que provienen de la razón del pintor y no del inconsciente, que es el sitio donde nacen los sueños.


Sin embargo, a veces hay elementos misteriosos que se desprenden de algunos cuadros de Bellorín. Así por ejemplo, en un cuadro realizado en 1968 y que por razones de deterioro de la pintura él estuvo restaurando en estos días. Se trata de un hombre que está sentado en lo que suponemos es un desierto de color marrón. El cuadro da la sensación de infinito, y el hombre que está sentado allí, de frente a nosotros, con un débil bastón en las manos, no tiene rostro, no tiene ojos, ni boca, ni nariz, ni orejas, ni cabello. Se trata de una cabeza que parece un huevo.


Tal vez hay una condición humana que se niega a sí misma. Ya en la cultura europea, una novela como "El hombre sin atributos" de Musil había tratado literariamente, un tema similar que la filosofía alemana había abordado en Heidegger. En nuestro país, "Los pequeños seres" de Salvador Garmendia desarrolla el asunto del hombre que se desdibuja, que se autoaniquila y deja de ser lo que era antes. Pero más allá de las connotaciones culturales posibles en ese cuadro de Bellorín, de esa pintura se desprende una atmósfera, un aura, que es elemento elusivo, difícil de tomar, del sueño.


Y a partir de la creación de auras, creo yo, es que la pintura del surrealismo puede acercarse a la esencia del movimiento, a la vibración de lo onírico, a expresar el misterio que se esconde en el universo complejo de los sueños.


Pero ahora es domingo y visito a Bellorín en su taller. Hablamos de muchas cosas; el arte, del mercado del arte, de la familia, de las ocupaciones de la vida ordinaria. Y detrás del pintor están sus nuevos cuadros, de grandes formatos, donde el artista desanda otra vez sus caminos. Su obsesión es ahora la abstracción, la exploración en el color mismo, y allí se sumerge con la energía de siempre, con la sensibilidad, con la sabiduría acumulada en tantos años de vivir para el arte.