Crítica de ...
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Carlos Contramaestre

Lo universal y lo particular:
dos constantes en la obra de Francisco Bellorín

Roberto Guevara


El orden más hermoso del mundo es algo así como un poco de desperdicios echados al aire, al voleo - la frase nos viene a través de unos veinticinco siglos y es de uno de los griegos más originales y audaces de esa de por sí extraordinaria cultura: Heráclito de Efeso.
Cuando Heidegger sin dudas el filósofo más importante, célebre y polémico del siglo, empieza su proceso demoledor de la historia de la filosofía, hasta convertirla en un "campo de rutinas", se queda con los temples, o tensiones, o disposiciones vitalísimas y constantes. Especie de disposición plenamente lúcida hacia las grandes preguntas. Y entre los fragmentos que rescata están dos muy importantes: de un lado los filósofos silvestres de aquellos remotos tiempos anteriores a los grandes sistematizadores, Platón, Sócrates, Aristóteles, y el primero de ellos, el terrible lógico que fue Parménides. Los filósofos que por no haber hecho sistemas dejaron el pensamiento libre, dialéctico, capaz de concebir hasta la contradicción.


Hoy requerimos todavía un poco de este pensamiento rebelde, díscolo, lo que aún cuando fue sistematizado en ocasiones, como en la dialéctica hegeliana (base de la marxista), y sobrevive porque por principio lleva en sí mismo el germen de su destrucción, tanto como de su regeneración.


Excelente punto de partida para acercarnos a un artista eminentemente libre y reacio a toda formulación que pueda resultar un límite: Francisco Bellorín.


Todos conocemos su obra. Algunos más, otros menos, hemos podido constatar su autonomía frente a las tendencias dogmáticas y los estilos que la moda impulsa un poco en todas partes en este planeta que la era de las comunicaciones ha vuelto efectivamente pequeño.


Todos sabemos que no admite fronteras, que no aspira a cualquier forma de reconocimiento que implique la clasificación o la determinación. Bellorín es un creador nato, que traduce su pensamiento en acción reveladora, es decir, en arte. Su manera de concebir el mundo es la misma que expresa su obra. Por lo tanto, acercarnos a la obra es acompañar no solo la existencia del artista, sino también en un grado de evidencia especial, sus valores.


Sus modos particulares de comprender los procesos de la naturaleza y su relación con la inmensa heredad cultural que todos - de un modo u otro - llevamos con nosotros y nos permite "hacernos una idea del mundo", es decir, de ayudar a crear el significado de la realidad.


Bellorín es un artista cosmopolita. Un ciudadano del mundo. Un ser del siglo veinte. Testigo y actor de una gesta revolucionaria que pretende hacernos conocer lo que somos, como manera de hacer más factible la esperanza de crear un futuro mejor.


No es ajeno a la suerte del universo, ni de la sociedad próxima. De una manera esencial, sobre sus hombros venezolanos gravita el peso de la injusticia que no tiene nombres, apellidos, razas o nacionalidades. Ni tiempos ni circunstancias.


Está comprometido consigo mismo. Desde aceptar tanto el Hallazgo como la Duda. El Logro como la Insatisfacción.
Todo esto hace que su obra sea por así decirlo de una vez y por todas dialéctica. Vale decir activa, en oposición consigo misma capaz de enfrentar lo cumplido y abordar lo todavía increado.


Todo esto puede sonar o bien o mal, pero que pueda también resultar demasiado abstracto. Veamos entonces al individuo y comencemos con él, su obra y sus conceptos.


Francisco Bellorín es un ser humano único e irrepetible, como todos nosotros. La diferencia estriba en que él lo sabe. Y aún más: ha hecho profesión de fe de lo específico y alterno de cada destino. Un poco de historia para acompañar al artista.


Nace en Caripito, hace más de cuatro décadas. Allí se forman algunas de las experiencias más decisivas. Su infancia, la etapa donde todo queda inscrito y para siempre. Así nos narra estos primeros encuentros con el mundo: "Mi infancia transcurrió en una zona selvática, exuberante. Al final de la calle donde vivía con mis padres había un inmenso bosque por el que a veces me internaba con gran emoción".


Viajaba a Caracas y en Catia conoce a Máximo Martínez, un pintor que le habla de la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas, donde poco después aprende técnicas y procedimientos del oficio, y con Marcos Castillo y Rafael Monasterios González descubre el valor de la amistad, de la solidaridad y la necesidad de lo que él mismo llama "Una posición ante la vida".


Ya tenemos dos elementos. Los íconos del Reino Vegetal. El valor del Temple. Luego vendrán otros. Europa no es la unidad, sino la variedad dispersa. La absorbe con pasión, pero sin deslumbramiento. Vive, estudia, se forma en suma con las experiencias vividas en Bruselas, París, Madrid y Marruecos, región ésta última donde tal vez encuentra mayor sosiego, porque las raíces son la casa de lo cotidiano, y lo cotidiano es el quehacer de la vida, un verbo que se conjuga en cada instante, como un canto.


Recuerda en un escrito de 1979 las palabras de un profesor belga que también fue su amigo: "Para crear musgo, las piedras necesitan detenerse".


Nuevos elementos. La Mirada Múltiple, Crítica, Sintetizadora. Y el valor de la pertenencia. Ser en particular y arraigar en su destino.
El mismo concluye: "Cada individuo es el resultado de lo que ha heredado, de lo que ha visto y le han enseñado..." Del mismo modo que por ese "cordón umbilical" que nos ata a una realidad en dinamismo, somos "La consecuencia más o menos dichosa de todos los artistas que nos preceden en el tiempo".


Este credo, excepcionalmente lúcido, de Francisco Bellorín sólo requería la verificación de la experiencia. Vivir su obra, aceptar la realidad como el reto de la libertad y la invención.


Para lograrlo, Bellorín cumple un periplo intenso. En 1961 viaja a París, estudia pintura, revisa el surrealismo. Un año más tarde va a Roma y sigue las técnicas del grabado en metal. En 1963 es España y Noráfrica, expone, dibuja, toma de la gente una manera de ser y de recrear la vida. Más tarde Bruselas, donde continúa su interés por el grabado (Real Academia de Bellas Artes) y expone su primera muestra de influencia surrealista. En 1965 recibe un premio de esa academia, regresa a Venezuela.


En Venezuela comparte su labor creadora con la didáctica. Primero en actividades complementarias (pintura y grabado) de la escuela de Artes Plásticas Julio Arraga de Maracaibo (66/68). Luego en la Universidad de Zulia desde 1974, donde funda el taller de grabado.


Durante todo este tiempo trabaja, expone, asume nuevos viajes. En 1972 a Suiza y Polonia. En 1973 a México.
Es una etapa donde la línea principal es el trabajo sobre papel, dibujo y gráfica se alternan y complementan. Son la base de una investigación más inmediata y confidente, que sirve para ahondar en el subconsciente, primero, y luego para recrear en el área libre de lo cotidiano y desde luego lo más cercano y luminoso.


El dibujo es la base, "Soy antes que todo un dibujante, dice el artista, un dibujante al que por cierto no le basta su habilidad para explorar una sola conquista, mi obra es ambivalente, heterogénea. No podría concebirla en un solo sentido porque yo, como persona, nunca tomo la misma dirección".


El dibujo es la exploración. El ser es la dualidad, la pregunta que se reformula. El hombre es el único existente que lleva siempre consigo la pregunta sobre el ser. Su ser propio y el ser de todo cuanto existe o es imaginable. Dualidad sobre la cual se va a crear la obra artística de Francisco Bellorín: La Materia y el Sueño. Y por desdoblamiento lo Real y lo Imaginario, lo Inmediato y lo Trascendente, lo Particular y lo Universal, y en esta dialéctica confronta el proceso mismo del hombre, particular, temporal y efímero después de todo, pero habitado por perturbaciones eternidades, por universos que él mismo ha creado y que lo sobrepasan y amplían su sentido.
Sobre la base del dibujante, condición que comparte honrosamente con Wilfredo Lam y Pablo Picasso, para citar dos ejemplos ilustres, la obra pictórica de Bellorín crece sobre una estructura segura.


El dibujo vértebra, conduce, organiza. Pero también recuerda memorias, trae de los sueños y de los recuerdos, de las sensaciones aparentemente perdidas, esa materia esencial que va a servir a la pintura.


De aquel ahora remoto pasado de sentidos afines al surrealismo queda, como todas las grandes experiencias de una vida, la asimilación, que es como decir, la manera como las vivencias se convierten en parte del artista.


Del mismo modo sucede con cualquier otra gran vivencia del pasado cultural, sea clásico, renacentista o prehispánico, poco importa precisar las fuentes y de esas vivencias surgen los dos elementos fundamentales en el artista: lo que acepta y asume, lo que descarta o rechaza.


La escogencia de Bellorín es clara. Su mundo es esencial. Descarta la crónica y la iconografía regional, y acepta lo permanente, las obsesiones recurrentes; los orígenes míticos que vuelven a ser formulados en el hombre contemporáneo.


De esta manera llegamos a su gran tema: la mujer símbolo de la vida, del misterio, de la continuidad de la existencia como en Picasso, ese tema central es tan natural como aceptar la luz de un nuevo día. Es la encarnación con la naturaleza y de su relación con nosotros.
Si en el dibujo se detiene un poco más en apuntar los objetos y el marco donde aparecen sus personajes, en la pintura la síntesis se vuelve una necesidad constante.


Exposiciones como la celebrada en el Museo de Artes Gráficas de Maracaibo (1979), en la Galería de Arte Nacional (1980) y en el Centro de Bellas Artes también en Maracaibo (1984), revelan con nitidez el contrapunto rítmico de los medios. El dibujo que investiga. La pintura que afirma.


La sustancia misma, la modulación es la música, la variable, el desarrollo. Es indiscutible que la mujer vegetal proviene de lejos, de esa percepción en el reino vegetal de las poderosas fuerzas que engendra el vientre de la tierra, Mujer Primordial que se desdobla en yerba, maleza y verdor - como sugiere Laura Antillano en su estudio sobre la obra del artista de 1979 - esa "mujer árbol, aérea y múltiple, que habitará casi toda la obra de Bellorín".


Laura Antillano nos lo confirma: "Bellorín establece entonces la gran metáfora de la ensoñación, dando nacimiento a la mujer vegetal, mujer de ascenso poéticamente enaltecido, la mujer misteriosa y serena que respira como circula la savia vivificante por el tallo".
Podemos retener elementos de este análisis: Misteriosa y Serena, condición de la obra misma de Bellorín, secreta por sus signos y sus integrantes síntesis, pero equilibrada y segura, expansiva, porque es una creación que parte de convicciones vitales.


Así la obra expresa múltiples filiaciones y conserva la unidad. En algunas síntesis puede haber huellas surrealistas, en otra la arquitectura transparente, flexible de Bellorín puede recordar soluciones cubistas y arquetipos de la pintura moderna. En otros la fuerza sincrética es mayor que casi desemboca en la abstracción por vía de la decantación. Pero siempre hay los elementos enfrentados dinámicos, que mantienen la beligerancia de la obra.


Para este momento, entre las décadas de los setenta y ochenta, la obra culmina un proceso. Materia y Sueño, la exposición de la GAN en los 80, pudiera ser la referencia adecuada. Las grandes formas de colores planos constituyen una base plástica para el dibujo inscrito y las sugerencias más sutiles que procuran las texturas y los tonos.


Hay un juego constante de posibilidades. Lo abstracto, fuerte, luminoso o absoluto en su penumbra. Y la figuración ardiente, precisa y evasiva a la vez, sugerente y oculta, que es el alma de la obra.


Todo lo personal está fundido allí. Las memorias, las vivencias, los deseos, la manera misma como se ha pensado y figurado lo real de los mundos aparentes, sensuales y provocativos; y los otros, los mediativos y analíticos, que dejan vertebraciones.


La obra de Bellorín es de pocos temas, como muchas de las obras de los grandes artistas, para no ir lejos y repetir la cita, Picasso, mismo que jamás pintó paisajes como tales y se apartó un poco del universo cotidiano, a no ser por los seres míticos y mediterráneos, como los minotauros, y los festejos de la imaginación que no son ajenos a la cama, la mesa, el vino, el pan, el hombre y la mujer.


Bellorín ha sido por eso uno de los creadores venezolanos más consecuentes, ha seguido la pintura, la obra, no la referencia o la circunstancia. Es una manera de ser fiel a sí mismo y a aquello que lo acompaña a lo largo de la existencia, parte de ella después de todo.


Es así como logra ser a la vez particular, un ser que nace y asume su origen propio, que vive aquello que la existencia procura y la sensibilidad registra, y acepta los hechos rotundos de todos los días, pero por necesidad igualmente instintivas los recrea, los transforma. Nutre sus vivencias de ahora con las "selvas exuberantes" y las noches mágicas de la infancia, o con los deseos impenitentes que cabalgan en la sangre, o con la fuerza irresistible de lo fantástico que brota como una necesidad de existir. Por eso sus consecuencias lo llevan a esencializar. No transmite un recuerdo, sino el sentido de una evidencia que se vuelve a actualizar, y que no sé lo que pasó ni lo que rememora, sino una extraña reveladora y fascinante alianza.


El mundo de Bellorín en los últimos tiempos ha variado la formulación. De los términos precisos ha pasado a los sugerentes. Interviene ahora una rítmica más flexible, un interés nuevo por el espacio en sí mismo como fuente de presencia y transparencias. Nuevos ámbitos se unen - en suma - el arte en su permanente capacidad de recrear el sentido de la vida más vasta o de la vida más simple. Lo real es una imagen que vuelve siempre nueva.


En cierto modo este paso es significativo desde un punto de vista historicista. La pintura de los 80, con sus dudas acérrimas y su necesidad primaria de expresión, ha provocado una revolución que no es cruenta, pero sí radical. Habrá inevitablemente un antes y un después de este impacto.


La pintura tiene entonces dos caminos. Continuar y prolongar lo que ya es realidad histórica, cumplida, pero posiblemente no agotada pese al punto de vista de la extensión de los lenguajes y estilos establecidos. O ser otra. Inventar, crear un nuevo destino para la imagen.


Conociendo a Bellorín, a su necesidad admitida de cambio o transmutación, debemos pensar que está con la segunda opción. Esta exposición lo demuestra. Es una apertura de ventanas. Es la conquista del espacio entre las cosas. Del espacio entre una presencia y otra y otra. El área de los tiempos reales, quiméricos o ficticios que habitan como paisajes imposibles nuestro interior. De todo eso ha sabido siempre Bellorín y continúa expresándolo ahora con nuevos recursos.