Crítica de ...
Sergio Antillano - José Antonio Castro - Roberto Guevara
Cesar David Rincón - Rafael Pineda - Peram Erminy
Carlos Contramaestre

La materia y el goce
Cesar David Rincón


Saludamos en la muestra de estos ámbitos nocturnos de la última obra de Bellorín el encuentro de un gran artista consigo mismo, lo que equivale decir, la superación de su propio lenguaje plástico... ...conforman, en su conjunto, el salto hacia sí mismo en la construcción y destrucción de la forma y el color, dentro de una composición plástica irreprochable... ...Desde el fondo mismo del espacio emergen las implicaciones mágicas de la forma y del color, retornadas como una angustiosa búsqueda interior, en el necesario desafío que plantea toda auténtica creación.


No hay complacencia ni concesión a las formas establecidas; es la inconformidad ante lo informe naciente lo que le ha abierto esas posibilidades a la afirmación de un lenguaje al que ahora podemos llamar con propiedad Belloriniano. Todo verdadero creador contemporáneo busca estar presente en sí mismo, como pintor, en sus obras; ubicadas, desde luego, en el contexto plástico, real, obsesivo e histórico de su país y de su tiempo, a los que asume como el acto único de toda posible afirmación.


Bellorín ha dado el gran salto para recorrer un camino aún no transitado, sin esos elementos de apoyo que rodean constantemente el artista y que son factibles de ser reproducidos. Se trata de una aventura pictórica hacia lo imaginario... ...allí vibran las maravillas del nuevo espacio, sus colores, sus formas germinantes, la omnipresencia de un halo imaginario que respira el más profundo aliento de los elementos dispuestos para el sueño o la danza.


Salvaje y ardiente la imaginación multiforme construye un andar flotante de la materia, siempre asistida por el conjunto de un original tratamiento de la composición y del color, asombro cromático de las mismas formas.


La nocturnidad y su magia concitan a cambios innúmeros, atan y desatan vínculos sin fin, metamorfosis que crea y destruye al mismo tiempo. Bellorín ha soltado las amarras, ahora viaja solo y comienza por abrir los imperios de la noche, demostrando que la imaginación es más importante que el conocimiento. Toda una sabiduría de filiación surrealista había sido asimilada en la obra anterior del pintor, siempre dentro de una búsqueda de lo telúrico, de lo exuberante, de los símbolos de un erotismo cósmico y onírico, de una fauna y una flora fantásticas, una desarticulación meticulosa de la figura humana; llegó a crear una cosmogonía plástica de sustancia americana que lo emparentaba con Lam, Matta y Tamayo; por otro lado asumía con gran originalidad la experiencia de Max Ernst; sus figuras hieráticas o mutiladas sobre fondos o espacios metafísicos, su gusto por la trascendencia simbólica de los elementos lo acercaban a Chirico y quizás a Magritte. Y aunque todo ese conocimiento no impidió en ningún momento la originalidad de su obra y el sello plástico, único y personal, que hacen tan característico a su lenguaje; Bellorín se encuentra en la plenitud de su madurez, su pintura es el medio insustituible para encontrarse a sí mismo. Hay un desafío sagrado a la espiritualidad de la noche, una luz, un amarillo de misteriosa luminosidad que nos habla de una investigación profunda de la conciencia y de la imaginación.
El tratamiento de la materia espiritualiza los fantasmas de la noche, la inteligencia arranca el soplo de la llama a lo incomprensible e irracional, en una inversión audaz donde la forma y el color combaten, con riesgo mortal, por inscribir la verdad interior del artista en el escenario plástico del cuadro.


Celebramos el momento culminante de una obra que sabiamente viene de lejos y que ahora se proyecta más lejos aún. Reconocemos un lenguaje que se basta y se nutre a sí mismo, porque todo está ocurriendo en la noche del espíritu, en la sangre, en la lucidez y en la angustia donde la conciencia asume su propia contradicción y las contradicciones del mundo donde libra su batalla para la creación y el arte.

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