Crítica de ...
Sergio Antillano - José Antonio Castro - Roberto Guevara
Cesar David Rincón - Rafael Pineda - Peram Erminy
Carlos Contramaestre

Pintura, dibujo y gráfica de Francisco Bellorín
Rafael Pineda


...De haberse hallado entre los contertulios de Mondrian en de Stijl, pero claro está con los criterios pluralistas de hoy, ¿Bellorín no hubiera insistido en pleno derecho de situar su obra en un lugar fronterizo entre microcosmos y macrocosmos? Porque él no ha hecho otra cosa, y de manera más categórica, en las dos últimas décadas, a partir del momento en que, ya bien adiestrado en estudios locales y europeos, se instaló a vivir en la máxima línea del horizonte en Venezuela: Maracaibo... ...Por lo demás, aún en las compaginaciones más complejas y problematizadas visualmente, persiste por encima de toda la inteligencia sintética de Bellorín, quien como tal, ni se embrolla con los enigmas ni tampoco les da cuartel, en lo que respecta a su intervención arcana en las profundidades del ser humano; ni tampoco abruma la dosis del trompo visual con nada que resulte superfluo o fuera del contexto. Resultado: la realidad de la cual el pintor le sacude sobre todo lo que parece pero que de ningún modo es conclusivo, instala en su obra un grado de tensión conceptual-visual, cuyas energías interactúan en lugar de lo que haya sido omitido por fuerza o porque así conviene formularlo, en beneficio del alto nivel epigramático que en este punto alcanza la imagen. Casi un ídolo, pues, por la formulación general utilizada por el artista, con lo cual se aproxima a lo genérico, instalado contra un fondo neutro o en una progresión de planos donde masas y vacíos se equilibran en un reposo, no mondrianesco, sino compulsividad mental. Un discurso de aspiración unitaria, común a todas las técnicas que emplea el artista: acrílico y pastel, tinta y lápiz, y las del taller gráfico.
La materia está cantando en una fiesta paisajística cuyo desarrollo puede seguirse en las pinturas de Bellorín, dictadas por lo habitual que ha sido magnificado a lo largo de la búsqueda donde participan por igual espíritu e instinto como formas extremas de receptividad, lo que Mondrian definía ante sus partenaires como "exterioridad interiorizada", y lo que éstos, en su turno, remitían a "a condensación y simplificación".
En todo esto, mancha o línea que sea, prevalece la sutilísima infraestructura, que ha sido perfeccionada por el técnico, no menos que por el artista, ambos inteligenciados por el vacío que entonces ocupará la acción germinativa, la imagen, la cifra. Los clásicos, y por eso entre otras cosas lo eran, conocían perfectamente bien estas zonas de decantación suprema.
Del Hilo de la Vida depende lo que está allí, relación que entonces el pintor y dibujante racionaliza como objeto de contemplación, o anuda con sus propios sentimientos en el gesto vivencial, en la crudeza de los fantasmas que son los propios y los ajenos y en la alegría de la forma triunfante sobre la precariedad de las circunstancias.
En este punto la nueva figuración participa de una gran zona trágica propia de la época, que tanto empeño puso Mondrian en sofocar con su repertorio teórico, por su puritanismo constitucional, como tantas veces se ha dicho. Por el contrario, Bellorín, en otra dirección de la cual difícilmente podría prescindir como tampoco de las otras, asoma a la noción trágica de nuestro tiempo, severísimo además de gamas; o borracho de cromatismo, como a él le plazca, porque en este sentido, al igual que con la línea, todo lo puede.
Obsérvenlo bien: con una mano él empuña el pincel, plumilla, carboncillo, los instrumentos del gráfico, aparte de alargarla para que también alcance en lo que pueda requerirla Mary, la ceramista, dotada de su propia capacidad fantástica. El artista se lleva la otra mano donde tiene que llevársela: al corazón.