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Carlos Contramaestre

Francisco Bellorín: Enigmas del Eros
Carlos Contramaestre

"Mi fin se aproxima; seis mujeres más bellas que el día están en
el gabinete vecino; las reservas para este momento; toma tu parte,
procura olvidar sobre sus senos, siguiendo mi ejemplo,todos
los vanos sofismas de la superstición y todos los imbéciles errores
de la hipocresía".

                                                                     - Marqués de Sade

La fidelidad de Francisco Bellorín al surrealismo es algo verdaderamente sorprendente, esto revela que tiene conciencia del "instrumento de conocimiento" que tiene en sus manos para sacar luz de las tinieblas. No otra cosa logra con sus procedimientos. Despojado de la anterior influencia, saludable, pero demasiado evidente de Lam, acumulando nuevas experiencias del mundo del Bosco, de las pesadillas cotidianas; habiendo hecho bueno uso de los "Objetos", extrayendo de los ojos de las muñecas (que no cantarán más); Francisco Bellorín abre una ventana con aceites que hacen resbalar al sueño por zonas silentes, a través de engranajes perfectos, a través de una maquinaria erótica, creada para amamantar monstruos, ejércitos de mútilos de nuestra época. En ese campo de batalla, en ese espacio de desolación que recuerda a Chiricó o a Magritte sus figuras emergen; hace de apuntador Ionesco, alimentando con la sustancia del absurdo a estas extrañas criaturas. Estallan imágenes voluptuosas, verdaderos enigmas del Eros, envueltos en cabelleras terribles, disparadas violentamente por un huracán interior, que seduce en el viaje. El espectador mete su cabeza en esas trampas oníricas corriendo el riesgo de ser decapitado por ruedas carnívoras o con medusas que salen de los muslos. Sus víctimas, al igual que las del pintor Jorge Camacho, convalecen de la extraña y fascinante enfermedad de Nadja, en permanente búsqueda de un estado más puro, de oxígeno naciente, de genio libre. Del mismo modo que los personajes de las novelas rosa buscan desesperadamente un corazón blando y con lágrimas, para colocarlo en la mesa de noche, junto al florero o el televisor. Burlando al sexo, surgen sus mutiladas de senos grises con prótesis metálicas, raches relámpagos, cinturones de castidad modernizados, ruedas por donde apenas circula el deseo. Si a veces pesa mucho el dibujo, perdiendo liviandad el resto del cuadro es que Bellorín no sólo desea mantener la comunicación mediante el uso violento de los planes de color, sino, entablar un diálogo directo con el espectador, a través de la construcción detallada de una figura monstruosa. Su pintura es un intento de rebelión, dirigida contra la moral burguesa que pretende mantener un orden, ella se desnuda y aparece sólo un cuerpo de mujer ensamblado, símbolo evidente de los encadenamientos a los falsos ideales del bien y de la belleza.